“Encontré a mi hijo después de 18 años de búsqueda”

“Encontré a mi hijo después de 18 años de búsqueda”

María del Carmen* recibió el cuerpo de su hijo, Diego Mauricio Chica Tamayo, quien fue reclutado por un grupo armado al margen de la ley en Caquetá. La labor humanitaria de la UBPD permitió encontrarlo y entregarlo. 

La vida de María del Carmen se rompió el día en que dejó de tener noticias de su hijo, Diego Mauricio Chica Tamayo, en 2001. Desde entonces emprendió una búsqueda incansable —en medio de intimidaciones, amenazas y desplazamientos— que terminó en diciembre pasado, 18 años después, cuando pudo abrazar su cuerpo.

Durante el acto de entrega digna, María del Carmen narró que Diego Mauricio, cuando tenía 13 años, empezó a estudiar panadería en el pueblo, en Caquetá, y lo primero que él preparó fue una torta de corazón que le regaló el último Día de la Madre que compartieron juntos. También contó que él cuidaba de sus tres hermanos y les colaboraba a los vecinos limpiando las telarañas o sacando la basura. Lo recuerda sonriente, amante de las lentejas con arroz y alto (muy alto para su edad) y también maduro, a pesar de que lo llamaba “el niño de la casa”.

Todo cambió “un día cualquiera”. “Nos habíamos ido para la finca y él me dijo: ‘Madre, me voy para el pueblo porque tengo que estudiar miércoles y jueves en la panadería’. Y yo le dije: ‘Papito, pues váyase y yo paso el viernes para vernos’”.  El día acordado, María del Carmen fue a llevarle un fiambre a la panadería, pero allí no tenían noticias de él.

“Cuando llegué, una vecina me dijo: ‘Su hijo ya no vuelve, porque pasó esto y lo otro”. Diego Mauricio había sido reclutado por un grupo armado al margen de la ley, según le contaron.

Ese día María del Carmen empezó la búsqueda, siempre en compañía de los tres hijos que le quedaron: el mayor, de siete años; la que le seguía, de cinco, y la última niña, de apenas cuatro meses. Se dijo que no desistiría hasta obtener respuestas. Viajó a campamentos de ese grupo armado para preguntar por Diego Mauricio, pero siempre le respondían que lo habían matado.  Se lo dijeron en cuatro o cinco ocasiones distintas. “Cada rato me lo mataban para que yo no lo buscara”.

Hoy, transcurridos 18 años, asegura que su lucha, en la que puso en riesgo su propia vida, tuvo un giro un día de Navidad. De un número telefónico desconocido le enviaron una fotografía a su celular.

 —Ay, este es Diego… Este es mi hijo -dijo María del Carmen.

Aunque tenía bigote, los rasgos propios de la adultez y vestido de combatiente, María del Carmen lo reconoció de inmediato. “Mi hijo existe, mi hijo está vivo”. De inmediato llamó con insistencia al número del cual le enviaron la fotografía, pero no le contestaron. Lo hizo tantas veces hasta que al fin escuchó la voz de un hombre al otro lado de la línea y María del Carmen no dejó pasar la oportunidad.

—Usted me envió esta foto. Ese es mi hijo, ese es mi Diego.

Pero no le respondían.

—Señor, contésteme por favor. Yo soy la mamá. Dígame dónde está mi hijo, envíeme el número de teléfono de él para poderlo llamar o dígame dónde está y voy a hablar con él ya.

En medio del llanto, María del Carmen le imploraba que le contestara. Hasta que escuchó la voz entrecortada de un hombre que apenas lograba articular palabras.

—Ay, señora, lo que pasa es que él ya no existe. A él lo asesinaron y esas fotos son de un almanaque que está rodando por ahí en honor a los combatientes caídos en combate. Alguien me dio su teléfono y me dijo que era el número de la mamá y pues yo quise enviarle la foto, para que usted supiera.

María del Carmen, en medio del dolor, retomó la búsqueda. Esta vez, con base en lo que le dijo el hombre que la llamó, tenía información más precisa sobre cómo podría dar con el paradero de Diego Mauricio. Se las ingenió para conseguir los números telefónicos de los habitantes del caserío del área de influencia del grupo al que pertenecía su hijo. Ellos que podrían darle nuevas luces.

“Para hacer eso tuve que desplazarme hasta ese lugar y busqué personas del mismo grupo al que mi hijo pertenecía. Mientras tanto, recopilaba la información que iba recibiendo”.

Tras una cadena de llamadas, logró contactar a una fuente que le dio las indicaciones en donde podría estar el cuerpo. Pero cuando intentó acercarse a ese punto, en la profundidad de la selva, el grupo armado no le permitió el ingreso. A pesar de la insistencia, de las lágrimas, de los ruegos, los combatientes le ordenaron que se fuera.

Sentía que estaba muy cerca y renunciar no era una salida. Buscó el respaldo de la MAPP-OEA y el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Al dirigirse hasta el lugar en donde podría estar el cuerpo de Diego Mauricio. “Pero cuando llegaron a hacer la exhumación, la tumba estaba totalmente minada, llena de explosivos. Así que se devolvieron al caserío para pedir que la limpiaran para poder hacer su trabajo. Eso llevó otro tiempo”.

En compañía de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, que recibió información por cuenta de excombatientes para la búsqueda, regresaron e hicieron la exhumación. “Luego nos avisaron que el cuerpo ya se encontraba en la sede del Instituto Nacional de Medicina Legal”.

Cuando iniciaron los encuentros con la UBPD fue posible “hacerle seguimiento y agilizar el proceso para la entrega de mi hijo, porque yo no quería que tuviera que pasar muchos años más esperando el proceso de identificación”. Este paso que, según la información disponible, puede tardar años en tener un resultado, en este caso tomó diez meses. 

“Cabe resaltar que las personas que dirigieron el proceso desde la UBPD fueron muy humanas, humanitarias, capacitadas, que han hecho una labor grandísima, de la mano de ellos he estado con esta parte del proceso y ellos me han informado todos los detalles para la entrega de mi hijo. En las reuniones, por la manera en que hablaban, siempre sentí que Diego estaba presente, que hacía parte de esas reuniones”, agrega María del Carmen, quien a través del proceso forense pudo saber, entre otras cosas, que su hijo había crecido mucho más.

Durante el acto de entrega, María del Carmen también recordó que, en una reunión de víctimas de la región, se encontró a quien fuera uno los superiores de su hijo en las filas del grupo armado. Tan pronto lo vio no pudo contener el llanto, porque sintió como si volviera en el tiempo en el que ella le preguntó por su paradero. Pero él ya no tenía fusil ni camuflado. Aunque entendía que había dejado las armas y que quería empezar una nueva vida, María del Carmen no dudó en dirigirse a él: “Estos 18 años Diego Mauricio se perdió de estar con su familia. Los estuvo con usted y, en eso, él perdió la vida. Lo mínimo que usted hubiera podido hacer fue decirme lo que había pasado o entregarme su cuerpo. Pero no lo hizo”.

Habla de este episodio despojada de cualquier ápice de rabia y así lo hace saber. Ella entiende también que muchos de los excombatientes que dejaron las armas están dispuestos a decir dónde están y qué pasó con los desaparecidos del conflicto. “Ellos quieren reconciliarse y que los perdonemos”.

Pero no oculta su dolor. Ella quisiera hacerse escuchar; darle a conocer al mundo que lo que vivió es una realidad, y que el daño que le ha significado perder a su hijo, quien estuvo ausente durante la adolescencia y la etapa adulta, es irreversible.

“Saber que tengo a mi hijo conmigo, que tengo sus huesitos, que ya voy a saber dónde está, dónde poderle llevar una flor cuando yo quiera, eso es muy importante y me llena de mucha tranquilidad. Aunque el dolor a uno nadie se lo quita, sí es importante que esto se conozca, que hay personas muy capacitadas que nos quieren ayudar a buscar a nuestros seres queridos y que no es mentira, es un hecho”.

Para ella, su historia puede convertirse en un motivo para que quienes tienen información de los desaparecidos del conflicto se sumen a la búsqueda y alivien el dolor y la incertidumbre de miles de personas que, a pesar de su lucha, aún no han recibido respuestas.

*La madre de la víctima pidió que su apellido fuera omitido por temor a represalias, debido a que su proceso de búsqueda le ha implicado amenazas y desplazamientos.

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